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Riesgo sísmico

Tres Días de Comida: La Cuenta Regresiva que Nadie en la Industria de Alimentos Quiere Calcular

Continuidad de negocio · 1 de agosto, 2026

Un gerente de distribución de una procesadora de alimentos en Turmero me hizo, hace un par de años, una pregunta que no supe responder de inmediato. Estábamos revisando el mapa de sus rutas de reparto, las líneas que conectan su planta con los supermercados de Caracas, Valencia y Maracay. Le pregunté cuántos días de inventario tenían sus clientes en anaquel antes de necesitar un nuevo camión. Me miró, hizo un cálculo mental rápido y contestó: "entre dos y tres días, en el mejor de los casos".

Le pregunté qué pasaría si su planta, por cualquier motivo, dejaba de despachar durante una semana.

No tenía respuesta. Nadie en la sala la tenía.

La historia que el mapa de rutas no cuenta

Buena parte de la industria procesadora de alimentos de Venezuela está concentrada en un corredor angosto que atraviesa Aragua y Miranda: Turmero, Cagua, La Victoria, Guarenas, Guatire. No es casualidad ni descuido de nadie. Es geografía e historia industrial: cercanía a Caracas, acceso a la red vial central, décadas de inversión acumulada en esas mismas zonas. Tiene sentido en un día normal.

El problema es que ese mismo corredor atraviesa, casi en línea recta, el sistema de fallas que corre por el norte del país, con la falla de San Sebastián como una de las más activas de la región central. La misma franja de tierra que concentra plantas procesadoras, empacadoras y centros de distribución es la que concentra el riesgo sísmico.

Piénselo un momento: la mayoría de los planes de continuidad de estas empresas contemplan un incendio en la planta, una falla eléctrica, un problema con un proveedor. Muy pocos contemplan que la planta, el almacén satélite y el centro de distribución que se supone que la respalda estén, los tres, a menos de cuarenta kilómetros uno del otro, sobre la misma falla.

El giro: la redundancia que no es redundancia

Aquí está el error que más se repite, y no es exclusivo de la industria de alimentos: muchas empresas confunden tener dos ubicaciones con tener resiliencia. Una planta procesadora en Cagua y un almacén de respaldo en Guarenas parecen, en el papel, dos activos independientes. En un sismo mayor a lo largo del corredor central, no lo son. Son el mismo riesgo, dos veces.

Es como guardar el original y la copia de un documento importante en el mismo cajón. Se sienten protegidos porque hay dos copias, hasta que el cajón se moja.

La cadena de frío hace este problema todavía más agudo. Un corte eléctrico prolongado tras un sismo detiene la producción, y al mismo tiempo pone a correr un reloj distinto: el de la temperatura de la materia prima y el producto terminado. En una planta de lácteos o embutidos, ese reloj no da tregua ni negocia con el plan de reconstrucción. Cuarenta y ocho horas sin cadena de frío pueden convertir un problema logístico en una pérdida total de inventario, sin que haga falta que ningún edificio colapse.

Vale la pena recordar que Caracas y la región central ya vivieron esto una vez, en 1967, cuando un sismo de magnitud 6,5 dejó a media ciudad sin agua ni electricidad durante días, mucho antes de que existiera la industria de alimentos procesados que hoy conocemos. La diferencia es que, en ese entonces, casi nadie dependía de un camión refrigerado llegando puntual desde Turmero. Hoy, buena parte de la seguridad alimentaria de Caracas depende exactamente de eso.

Lo que sí funciona: mirar el mapa distinto

La solución no exige mudar la planta, algo que casi ninguna empresa puede pagar ni justificar. Exige mirar el mapa de otra manera.

Primero, ubique en un mapa real, no en una hoja de cálculo, dónde están su planta principal, sus almacenes y sus centros de distribución en relación con las zonas de falla conocidas. Si todos caen dentro del mismo radio de sacudida esperada, no tiene redundancia geográfica, tiene la misma exposición repetida.

Segundo, evalúe un almacén satélite en una zona sísmica distinta, no necesariamente lejos en kilómetros, sino distinta en fuente de riesgo. Maracay y Barquisimeto no comparten exactamente el mismo sistema de fallas activo que Miranda. Un almacén pequeño, con capacidad para sostener tres o cuatro días de despacho a sus clientes clave, cambia por completo el cálculo de ese gerente de distribución que no supo responderme.

Tercero, negocie con al menos un proveedor de generación eléctrica o de transporte refrigerado fuera de su corredor habitual. No necesita un contrato costoso ni permanente, basta con un acuerdo marco que pueda activarse en horas, no en semanas, cuando la ruta normal esté cortada.

Cuarto, calcule su propio número: cuántos días de inventario tienen realmente sus clientes antes de que un anaquel vacío se convierta en una noticia. Ese número, no un informe genérico de riesgo, es el que debería fijar cuánto invertir en redundancia real.

Quinto, pruebe el plan sin avisar. Elija una tarde cualquiera y simule que la ruta principal está cortada. La mayoría de las empresas descubre en ese simulacro que su "plan B" depende de una persona, un camión o una carretera que jamás consideraron un punto único de falla.

El cierre

Volví a hablar con ese gerente de distribución hace unos meses. Ya tenían un acuerdo con un almacén pequeño en Barquisimeto, capaz de cubrir cuatro días de despacho a sus clientes de mayor volumen si la ruta central quedaba cortada. Le pregunté si el gasto había sido difícil de justificar ante la junta.

Me dijo que no, que bastó con proyectar en la pantalla el mapa de fallas superpuesto sobre el mapa de sus rutas de distribución. Nadie en la sala volvió a preguntar si el gasto valía la pena.

El corredor Miranda-Aragua seguirá siendo, por buenas razones, el corazón de la industria de alimentos del país. La pregunta que realmente importa no es si se puede mover ese corazón. Es si el resto del cuerpo puede seguir respirando tres días, mientras se cuenta el daño.