La Misma Pared, el Mismo Riesgo: Lo que Christchurch Aprendió Reconstruyendo Después de su Terremoto
Un mes después del terremoto de junio en Venezuela, un empresario textil de Valencia me llamó para pedirme algo muy concreto: los planos de su galpón, tal como estaban antes del sismo, para reconstruir exactamente igual. "Así al menos sé lo que tengo," me dijo. Le pregunté si ese galpón, reconstruido igual, iba a resistir mejor el próximo terremoto que el anterior. Se quedó callado un momento. "No," admitió. "Va a resistir exactamente lo mismo."
Esa conversación se repite, con distintos nombres y distintos rubros, en cada gremio que ha tenido que reconstruir después de un desastre. La urgencia de reabrir empuja a copiar el pasado en lugar de corregirlo.
La sorpresa: reconstruir rápido no es lo mismo que reconstruir bien
Después de un terremoto, la presión sobre cualquier negocio es reabrir cuanto antes. Cada semana cerrada es nómina que sale sin ingresos que entren, y esa urgencia tiene toda la lógica del mundo. El problema es que esa misma urgencia empuja a tomar el atajo más peligroso: usar los mismos planos, los mismos anclajes, los mismos proveedores de antes, sin preguntarse si eso mismo fue justamente lo que falló.
La ONU le puso nombre a este error hace más de una década. Después del tsunami del Océano Índico de 2004, que devastó la provincia indonesia de Aceh, el expresidente Bill Clinton lideró la coordinación internacional de la reconstrucción como enviado especial de Naciones Unidas. En 2006 su oficina publicó un informe con un principio que después se volvió estándar global: "build back better," reconstruir mejor. La idea central era usar la reconstrucción como la única oportunidad real de corregir las vulnerabilidades que ya existían antes del desastre, en lugar de levantar de nuevo exactamente lo mismo que se había caído. En 2015, ese principio se formalizó como la Prioridad 4 del Marco de Sendái para la Reducción del Riesgo de Desastres, el acuerdo internacional que 187 países, incluida Venezuela, adoptaron ese año.
El giro: Christchurch reconstruyó bien, y aun así perdió la mitad de sus negocios
Nueva Zelanda es el ejemplo que toda cámara de comercio debería estudiar antes de decidir cómo reconstruir, porque muestra que ni siquiera reconstruir bien garantiza que los negocios sobrevivan. El 22 de febrero de 2011, un terremoto de magnitud 6.3 golpeó Christchurch, con un epicentro tan superficial y tan cerca del centro urbano que causó más daño que sismos de mayor magnitud en otros lugares. El gobierno neozelandés cerró el centro histórico de la ciudad durante meses, exigió estudios de suelo individuales para cada edificio antes de autorizar su reconstrucción y actualizó el código sísmico nacional para exigir estructuras más resistentes. Fue, en casi todos los sentidos técnicos, un ejemplo de manual de "build back better."
Y sin embargo, investigadores del programa Resilient Organisations de la Universidad de Canterbury, que siguió durante años a las empresas del centro de Christchurch, documentaron que una proporción cercana a la mitad de los pequeños negocios que operaban en la zona roja del centro nunca volvió a abrir en esa ubicación. No fue la estructura la que los mató. Fue el tiempo. Entre el cierre de la zona, los estudios de suelo, los permisos actualizados y la reconstrucción bajo el nuevo código, algunos negocios esperaron más de tres años para poder volver a ocupar un local en el centro. Para un negocio con nómina, arriendo en otro sitio y clientes que ya habían encontrado otra opción, tres años sin ingresos regulares en la ubicación original no son un inconveniente: son una sentencia.
Piénsalo un momento: Christchurch hizo exactamente lo que dice el manual internacional, reforzó estructuras, exigió estudios técnicos, mejoró el código. Y aun con todo eso bien hecho, la variable que decidió qué negocios sobrevivían no fue la resistencia del edificio, fue si esa empresa tenía manera de seguir facturando mientras el edificio se reconstruía.
La lección práctica: reconstruir mejor empieza antes del terremoto, no después
Para un gremio o una cámara de comercio en Venezuela, la lección de Christchurch no es "no reconstruyan mejor." Es que reconstruir mejor tiene dos partes, y la mayoría de los planes solo atienden una.
La primera parte es técnica: no reconstruir con los mismos anclajes ni los mismos proveedores que fallaron, revisar el diseño estructural contra la norma sismorresistente vigente y no contra los planos originales, y aprovechar la reconstrucción para corregir lo que ya se sabía que era frágil antes del sismo, como estanterías sin anclaje o tanques de agua sin refuerzo.
La segunda parte, la que Christchurch expone con crudeza, es financiera y operativa: negociar de antemano con el arrendador o con la aseguradora una cláusula de "lucro cesante" que cubra los meses sin ingresos mientras dura la reconstrucción, no solo el costo de reponer el edificio. Identificar, antes de que ocurra el desastre, un local alterno temporal donde la empresa pueda seguir operando durante la reconstrucción, aunque sea a menor escala. Y, algo que casi ningún gremio hace, cuantificar cuántos meses de reconstrucción puede aguantar el negocio antes de perder a sus clientes de forma permanente, porque ese número, no el diseño del edificio, es el que en Christchurch terminó decidiendo quién volvía y quién no.
El Banco Mundial calculó, en su informe "Lifelines" de 2019, que cada dólar invertido en infraestructura resiliente en países en desarrollo genera en promedio cuatro dólares en pérdidas evitadas a futuro. Es una cifra pensada para gobiernos e infraestructura pública, pero la lógica aplica igual de bien a un galpón privado: la inversión adicional de reconstruir mejor casi siempre cuesta menos que el negocio que se pierde por reconstruir igual.
El cierre
El empresario textil de Valencia terminó reconstruyendo su galpón con anclajes nuevos y estanterías reforzadas, un poco más caro y un poco más lento que copiar los planos viejos. Meses después me contó, casi de pasada, que había firmado con su arrendador una cláusula que nunca antes se le había ocurrido pedir: si un futuro sismo obligaba a cerrar de nuevo, tenía derecho a un local alterno en la misma zona industrial dentro de treinta días. No fue el acero reforzado lo que más lo tranquilizó esa tarde. Fue saber que, la próxima vez, treinta días de espera no iban a decidir si su empresa seguía existiendo.