El Reconstructor También Fue Víctima: Lo que Turquía Aprendió Cuando Sus Propios Constructores Perdieron Todo
El 6 de febrero de 2023, dos terremotos de magnitud 7.8 y 7.5 sacudieron el sureste de Turquía en menos de doce horas. Cuando se hizo el conteo semanas después, casi 220.000 lugares de trabajo habían quedado fuera de uso en la zona afectada. Entre esos lugares de trabajo estaban las oficinas, los patios de maquinaria y los depósitos de material de las propias empresas constructoras que el país necesitaba, con más urgencia que nunca, para levantar de nuevo casi 280.000 edificios destruidos o dañados con severidad.
Un ingeniero civil que trabajaba en la región antes del terremoto me describió el problema con una frase que se le quedó grabada durante meses: "Todos preguntaban cuándo íbamos a empezar a reconstruir. Nadie preguntaba con qué grúas, ni con qué gente." Su propia empresa había perdido la mitad de su equipo pesado bajo los escombros de su propio depósito, en la misma ciudad donde debía operar.
La sorpresa: el sector llamado a reconstruir estaba parcialmente destruido
La lógica de cualquier plan de recuperación posdesastre asume que existe, en algún lugar cercano, una industria de la construcción intacta lista para movilizarse. En el sureste de Turquía esa industria no estaba intacta. Muchas de las constructoras con más experiencia en la zona, las que mejor conocían el terreno, los proveedores locales y los códigos de construcción regionales, operaban desde oficinas y patios ubicados en las mismas ciudades que colapsaron. Sus grúas, sus mezcladoras, sus andamios y sus archivos de planos quedaron enterrados junto con los edificios que se suponía debían ayudar a levantar.
Esto no era un problema teórico de una empresa aislada. Era un patrón repetido en toda la región: la capacidad instalada de construcción, la que normalmente hubiera absorbido la demanda de reconstrucción, había sido diezmada por el mismo evento que generó esa demanda.
El giro: la reconstrucción no se aceleró, se encareció
Uno esperaría que, con tanto por reconstruir, el sector de la construcción turco viviera un auge inmediato. Ocurrió lo contrario, al menos en el corto plazo. Con menos empresas locales capaces de operar y con trabajadores que preferían emigrar a otras regiones del país o directamente salir de Turquía antes que quedarse a trabajar entre los escombros de su propia ciudad, la mano de obra calificada empezó a escasear justo cuando más se necesitaba. El costo laboral en el sector subió 109% en un año. El de los materiales de construcción, que también debían transportarse desde fuera de una región con su propia industria de cemento y acero dañada, subió 59% en el mismo periodo.
Piénsalo un momento: el país tenía ingenieros disponibles, según reportes de la Organización Internacional del Trabajo, pero no tenía suficientes trabajadores semicalificados, los que realmente levantan el andamio, mezclan el concreto y sueldan el armazón. Esa combinación, planos sin gente que los ejecute, fue la que terminó encareciendo cada metro cuadrado reconstruido.
Muchos de esos trabajadores semicalificados no desaparecieron: se fueron. Algunos migraron a otras provincias turcas donde ya había obra disponible sin los riesgos ni la carga emocional de reconstruir sobre las ruinas de su propia ciudad. Otros salieron del país directamente. El sector público, con salarios y estabilidad más atractivos en medio de la incertidumbre, absorbió a otra parte de esa mano de obra que la construcción privada necesitaba de vuelta con urgencia. Cada trabajador que no regresó fue, en la práctica, una cuadrilla menos disponible para las constructoras que sí seguían de pie.
Por qué proteger los activos propios no es un lujo para una constructora
La mayoría de las empresas constructoras diseñan sus planes de continuidad pensando en proyectos de clientes: cómo terminar una obra a tiempo, cómo indemnizar un retraso, cómo responder ante un accidente en sitio. Muy pocas diseñan un plan de continuidad para su propia oficina central, su propio patio de maquinaria o su propia nómina de operarios especializados.
Esa omisión tiene un costo que se paga dos veces. Primero, la empresa pierde sus propios activos en el desastre, igual que cualquier otro negocio de la zona. Segundo, y esto es lo que distingue a este sector de casi cualquier otro, pierde la oportunidad de participar como contratista en la fase más rentable de su propia industria: la reconstrucción que viene después. Una constructora sin grúas operativas ni cuadrillas localizables no puede levantar la mano cuando llegan los contratos de reconstrucción, por más experiencia local que tenga.
Hay pasos concretos que cualquier directiva de una empresa constructora puede empezar a evaluar esta semana, sin esperar al próximo sismo.
Distribuir el patio de maquinaria pesada en al menos dos ubicaciones geográficamente separadas, de modo que un solo evento no pueda inutilizar toda la flota de grúas, mezcladoras y andamios al mismo tiempo.
Mantener copias de los planos, contratos y expedientes técnicos críticos en un servidor fuera de la zona de mayor riesgo sísmico, no solo en la oficina central donde se generaron.
Firmar acuerdos de colaboración con constructoras de otras regiones del país, para poder sumar cuadrillas y maquinaria prestada en las primeras semanas después de un evento mayor, antes de que el mercado laboral se tense y encarezca.
Asegurar de forma adecuada, y no solo simbólica, las instalaciones propias de la empresa: oficinas, depósitos y equipo pesado, porque esa póliza determina si la constructora puede seguir operando el día después, o si se convierte en una víctima más esperando su propio turno de reconstrucción.
Ninguno de estos pasos requiere adivinar dónde ni cuándo va a ocurrir el próximo terremoto. Exige aceptar que la empresa constructora, antes de ser la solución para sus clientes, es un negocio expuesto al mismo riesgo que reconstruye para otros.
El cierre
Dos años después del terremoto, ese mismo ingeniero seguía trabajando en la región, ahora con una empresa que sí había sobrevivido con su maquinaria intacta gracias a un segundo patio en una ciudad vecina. Pasaba todavía frente al terreno donde estuvo el depósito de su antiguo empleador, un lote vacío entre dos edificios nuevos, y decía que ahí no se había vuelto a levantar nada: ni la constructora, ni el depósito, ni las grúas que se suponía iban a reconstruir la ciudad.