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Riesgo sísmico

El Gerente que Decidió Sin Preguntar: Cómo una Planta en Maracay Siguió Operando Cuando Caracas se Quedó sin Señal

Continuidad de negocio · 10 de agosto, 2026

Conozco a un gerente de planta que, la madrugada del 24 de junio, tuvo doce horas para decidir solo. Su fábrica de consumo masivo en Maracay había resistido el sismo sin daños estructurales graves, pero la sede central en Caracas, que debía autorizar cualquier gasto de emergencia, transporte adicional o cambio de turno, llevaba doce horas sin responder un correo, una llamada ni un mensaje. Tenía dos opciones: esperar a que la señal volviera, o decidir con lo que sabía hasta ese momento.

Decidió. Autorizó transporte alternativo para que los operarios del turno de la mañana pudieran llegar sin depender de las rutas colapsadas, liberó fondos de caja chica para comprar combustible en efectivo antes de que subieran los precios, y envió a dos supervisores a verificar el estado de las familias de los trabajadores, con la promesa de que quien necesitara quedarse en casa esa semana no perdería su puesto. Nada de eso estaba en un correo aprobado por nadie. Todo estaba, según me contó después, "en el sentido común de alguien que lleva nueve años en esa planta".

El 24 de junio de 2026, el doblete sísmico de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudió el norte de Venezuela vino acompañado, según registró la organización NetBlocks, de una caída del 59% en la conectividad del país. Para una empresa con sede central en Caracas y plantas regionales en Valencia, Maracay o Barquisimeto, esa cifra significó algo muy concreto: durante buena parte del primer día, muchas sedes regionales simplemente no pudieron hablar con la sede central. Cualquier decisión que dependiera de una autorización remota quedó, de facto, congelada.

El giro: la planta que esperó instrucciones perdió más que la que decidió mal

Aquí está la parte que suele incomodar en las juntas directivas. A ciento diez kilómetros de Maracay, otra planta de la misma empresa, en Valencia, tuvo un gerente que prefirió esperar. No por falta de criterio, sino porque el protocolo corporativo era explícito: ningún gasto por encima de un monto menor, ningún cambio de turno, ninguna decisión operativa relevante podía tomarse sin firma de la gerencia general en Caracas. Ese gerente hizo exactamente lo que el manual le pedía. Esperó.

El resultado no fue prudencia, fue parálisis. La planta de Valencia no reabrió hasta el tercer día, cuando por fin llegó la autorización formal por escrito. Para entonces había perdido tres turnos completos de producción, varios operarios habían resuelto por su cuenta no presentarse porque nadie les confirmaba si debían hacerlo, y dos rutas de despacho que estaban disponibles el primer día ya no lo estaban el tercero, cuando la demanda de transporte de emergencia en la zona se había disparado.

La planta de Maracay, la que decidió sin autorización, retomó operación parcial al segundo día. El gerente había tomado decisiones que técnicamente excedían su autoridad formal. Ninguna de ellas resultó cuestionada después, porque todas fueron razonables, documentadas y proporcionales a la información que tenía en ese momento. La empresa terminó evaluando el episodio no como una falta de disciplina, sino como el motivo por el cual esa planta perdió un solo turno completo, frente a los tres que perdió Valencia.

Lo que esto revela sobre la autoridad en una crisis

Un caso que suele citarse en gestión de crisis, aunque venga de un sector distinto, es el de la cadena de restaurantes Waffle House en Estados Unidos. La agencia federal de emergencias FEMA usa de forma informal el estado de sus locales como termómetro de la severidad de un huracán: si el Waffle House de la zona sigue abierto, el impacto es manejable; si cierra, es una señal seria. Lo que sostiene ese indicador no es la resistencia física de sus locales, sino que cada gerente de tienda tiene autoridad previa, delegada y conocida por todos, para decidir cómo operar durante una emergencia sin esperar aprobación de una oficina central. La empresa entrena "equipos de reapertura rápida" y preposiciona insumos antes de la temporada de huracanes, precisamente para que esa decisión local no dependa de improvisar en el momento.

La diferencia entre Maracay y Valencia, y la diferencia detrás del índice de Waffle House, no es de talento gerencial. Es de diseño organizacional: quién tiene autoridad explícita para decidir qué, hasta qué monto, y bajo qué condiciones, cuando la sede central no puede ser consultada.

Lo que sí funciona

Primero, defina por escrito una matriz de autoridad de emergencia, separada de la matriz de aprobaciones normales. Especifique montos, tipos de decisión y condiciones bajo las cuales un gerente regional puede actuar sin esperar autorización remota, antes de que ocurra la próxima crisis.

Segundo, comunique esa matriz a toda la organización, no solo a quien la firma. La autoridad delegada que nadie más conoce genera dudas exactamente cuando más se necesita certeza, porque el resto del equipo no sabe si debe obedecer a su gerente local o esperar una instrucción que quizás no llegue.

Tercero, defina umbrales de tiempo, no solo umbrales de gasto. Establezca, por ejemplo, que si la sede central no responde en un plazo determinado, la autoridad de decisión pasa automáticamente al responsable local, sin necesidad de justificar por qué se decidió actuar.

Cuarto, entrene esa autoridad con simulacros reales, donde de verdad se corte la comunicación con la sede, en lugar de ejercicios donde todos saben que pueden llamar si algo no está claro.

Quinto, proteja explícitamente a quien decide dentro de los límites acordados. Nada desincentiva más la toma de decisiones rápida en la próxima crisis que ver a un colega cuestionado después por haber actuado, incluso cuando actuó bien.

Sexto, revise la matriz de autoridad después de cada evento real, con los propios gerentes regionales en la conversación. El gerente de Maracay hoy tiene autorización explícita para lo que antes hacía por criterio propio. El de Valencia también, después de la revisión que siguió al 24 de junio.

El cierre

Meses después, el gerente de Maracay volvió a revisar el correo que finalmente llegó de Caracas el segundo día, aprobando formalmente decisiones que él ya había tomado veinticuatro horas antes. Lo guardó, medio en broma, como comprobante de que había hecho lo correcto. La pregunta que cualquier organización con sedes regionales debería responder antes del próximo evento no es si confía en sus gerentes locales. Es si esa confianza está escrita en algún lado, con montos y plazos definidos, o si solo existe en la cabeza de la persona que decidió arriesgarse esa madrugada.