El Piso Blando que Nadie Quiso Reforzar: La Cuenta Real Detrás de los Edificios que Colapsaron en Venezuela este Junio
Conocí a un ingeniero estructural que, dos años antes del terremoto de junio, presentó ante la junta directiva de una planta industrial en Valencia un estudio de refuerzo sísmico para el galpón principal. El informe recomendaba reforzar las columnas de la planta baja, el nivel más flexible del edificio, por un monto equivalente a una fracción del valor de la instalación. La junta lo revisó, hizo preguntas sobre el costo, y decidió posponerlo "para el próximo ejercicio fiscal". Ese próximo ejercicio nunca llegó a tiempo.
El 24 de junio de 2026, un doblete sísmico de magnitud 7,2 y 7,5, con apenas 39 segundos de diferencia entre ambos eventos, sacudió el norte de Venezuela. Cuando los organismos de gestión de riesgo terminaron de contar, el resultado fue de 189 edificios colapsados en su totalidad en todo el país, 158 de ellos solo en el estado La Guaira, y varios cientos más con daños estructurales serios. Valencia, la ciudad donde estaba esa planta industrial, no escapó: en el centro histórico, viviendas coloniales perdieron sus fachadas y la catedral reportó grietas en sus dos torres.
El giro: el edificio no cayó por el terremoto, cayó por el diseño
Aquí está el dato que cambia la conversación entre ingenieros y gerentes financieros. Venezuela aprobó su primera norma de diseño sismorresistente, la COVENIN 1756, recién en 1982. Toda estructura de concreto construida antes de esa fecha no estaba obligada a cumplir con el confinamiento de columnas que hoy exige el código vigente, la versión COVENIN 1756-1:2019. Buena parte del parque industrial venezolano, incluidas plantas construidas en los años sesenta y setenta, quedó operando bajo estándares que ya eran obsoletos antes de que naciera la mayoría de sus gerentes actuales.
Un análisis de ingeniería sísmica sobre el evento, recogido por el medio Caracas Chronicles, describió un patrón que se repitió edificio tras edificio: plantas bajas más flexibles que el resto de la estructura, diseñadas así por razones comerciales, para dejar espacios abiertos en el nivel de acceso. Ese "piso blando" concentró la deformación lateral durante el sismo, las columnas cedieron primero ahí, y los niveles superiores cayeron uno sobre otro en lo que los ingenieros llaman colapso tipo panqueca. No fue únicamente la intensidad del sismo lo que derribó esos edificios. Fue una vulnerabilidad de diseño conocida desde hace décadas, que nadie se ocupó de corregir a tiempo.
Lo que la cuenta final terminó demostrando
El Banco Mundial estimó los daños directos del terremoto en 19.600 millones de dólares, y calculó que la reconstrucción completa podría costar hasta 50.000 millones. Compare esa cifra con lo que cuesta reforzar preventivamente: según estudios técnicos de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias de Estados Unidos (FEMA), el costo típico de un retrofit sísmico ronda el 20% del valor de reposición de un edificio, y ese refuerzo se considera plenamente justificado cuando reduce a la mitad o más la pérdida anual esperada, por un costo de hasta el 10% del valor de reposición. En un caso de referencia documentado por FEMA sobre una bodega industrial en California, la relación beneficio-costo del refuerzo estructural llegó a ser de diez veces la inversión, sin contar siquiera el valor de las vidas protegidas.
Ese ingeniero que conocí había calculado, antes del terremoto, que reforzar la planta baja del galpón en Valencia costaría alrededor de una quinta parte de reconstruirlo desde cero. Nadie discutió esa matemática. Lo que discutieron fue si el gasto podía esperar un año más.
Vale la pena notar que ese mismo cálculo no aplica solo a plantas industriales. El ingeniero venezolano José Gregorio Rengel señaló en una entrevista posterior al evento que el terremoto pudo haber superado, en algunos puntos, las exigencias de los códigos vigentes, lo cual hace todavía más relevante reforzar cualquier estructura que ya arrastraba deficiencias previas a la norma de 2019, en lugar de asumir que "cumple con la norma" y dejarlo ahí. Un edificio construido bajo un código antiguo no se pone al día solo porque exista uno nuevo.
Lo que sí funciona
Primero, priorice la evaluación estructural de cualquier edificio construido antes de 1982, o bajo ediciones anteriores de la norma COVENIN 1756, por encima de cualquier otra inversión de infraestructura. Es el criterio más simple y más confiable para identificar dónde está el riesgo real.
Segundo, busque específicamente vulnerabilidades de piso blando: plantas bajas más abiertas o flexibles que el resto del edificio. Es el patrón de falla que más se repitió en junio, y suele ser identificable con una inspección visual de un ingeniero estructural, sin necesidad de estudios costosos previos.
Tercero, presupueste el refuerzo como un porcentaje del valor de reposición del activo, no como una cifra aislada que compite mal contra otras prioridades del año fiscal. Un retrofit que cuesta 15% o 20% del valor de reposición deja de sonar caro cuando se compara con perder el 100% del activo.
Cuarto, use una relación beneficio-costo explícita para justificar la inversión ante la junta directiva, igual que se justificaría cualquier otro proyecto de capital. La conversación cambia cuando el refuerzo se presenta como una decisión financiera con retorno medible, no como un gasto defensivo de ingeniería.
Quinto, escalone la inversión por criticidad operativa: refuerce primero las estructuras que sostienen procesos que no pueden parar, y después las de menor impacto si un evento las derriba.
Sexto, no deje que la decisión dependa de un solo ciclo presupuestario. El informe que se pospone "para el próximo ejercicio" tiende a posponerse indefinidamente, hasta que un evento externo termina decidiendo por la empresa, casi siempre en el peor momento posible.
Séptimo, documente cada decisión de posponer un refuerzo estructural con la misma formalidad con la que documentaría cualquier otro riesgo aceptado a nivel corporativo: quién la tomó, con qué información, y con qué fecha límite real para revisarla. Un riesgo sísmico que se pospone sin dejar rastro escrito tiende a convertirse, con el tiempo, en un riesgo que nadie recuerda haber aceptado.
El cierre
El galpón de esa planta en Valencia terminó con daños que su gerencia todavía está evaluando semanas después del terremoto. El informe de refuerzo que la junta pospuso hace dos años sigue guardado en algún servidor corporativo, con un presupuesto que hoy sería una fracción de lo que costará reparar lo que el sismo dejó a medio caer. La pregunta que cualquier junta directiva debería hacerse no es cuánto cuesta reforzar un edificio antiguo. Es cuánto costó, esta vez, no haberlo hecho a tiempo.