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Riesgo sísmico

El Cajero que Nunca Volvió a Encender: Lo que el Terremoto de Junio Reveló Sobre el Verdadero Plan B de la Banca Venezolana

Continuidad de negocio · 6 de agosto, 2026

Conozco a la dueña de una farmacia en los Altos Mirandinos que, la tarde del 24 de junio, tenía en caja el equivalente a dos días de venta en efectivo. Cuando la tierra se sacudió dos veces en menos de un minuto, lo primero que pensó no fue en el techo ni en los estantes de medicamentos. Pensó en el cajero automático de la esquina, el que sus clientes usaban para sacar dinero antes de entrar a comprar. Ese cajero nunca volvió a encender. Ni esa semana, ni la siguiente.

La historia se repitió, con distintas caras, en decenas de pueblos y ciudades del norte del país. El 24 de junio de 2026, Venezuela fue sacudida por un doblete sísmico poco común: un primer terremoto de magnitud 7,2 con epicentro cerca de San Felipe, en Yaracuy, seguido apenas 39 segundos después por un segundo sismo de magnitud 7,5 frente a las costas de La Guaira. CNN lo describió como el terremoto más destructivo que ha golpeado a Venezuela en más de un siglo.

El giro: el plan de contingencia funcionó en el papel y falló en la calle

Aquí está la parte que interesa a cualquier responsable de continuidad de negocio. Las instituciones financieras venezolanas sí tenían, al menos en el papel, un plan de contingencia digital. La Asociación Bancaria de Venezuela confirmó ese mismo día que los canales electrónicos y la banca en línea mantendrían continuidad operativa. Sonaba sólido: si las oficinas físicas no podían abrir, la banca seguiría funcionando desde el celular de cada cliente.

Y sin embargo, esa misma tarde la organización NetBlocks midió una caída del 59% en la conectividad a internet del país, producto de los cortes eléctricos y los daños en la infraestructura de telecomunicaciones. En Caracas colapsó una sucursal de Bancaribe. BBVA Provincial y la aseguradora Mapfre tuvieron que suspender operaciones. En zonas como los Altos Mirandinos, los cajeros automáticos simplemente dejaron de funcionar, y no porque las máquinas estuvieran dañadas: no había electricidad ni señal para procesar una sola transacción.

El plan de contingencia bancario dependía del mismo cable que se rompió primero.

Lo que realmente sostuvo los pagos no estaba en ningún manual

Mientras los canales oficiales se tambaleaban, ocurrió algo distinto en paralelo. Plataformas de intercambio de criptomonedas suspendieron temporalmente sus comisiones para transferencias hacia Venezuela. El efectivo y el stablecoin USDT se convirtieron en el salvavidas financiero real para comprar insumos básicos, pagar transporte y sostener donaciones a hospitales. Un ecosistema informal de compra y venta persona a persona, apoyado en aplicaciones de mensajería y billeteras digitales, mantuvo circulando el dinero mientras la banca física seguía apagada.

Ninguna de esas plataformas figuraba en el plan de continuidad de ningún banco. Nadie las diseñó pensando en un terremoto. Sostuvieron la economía cotidiana de miles de familias y comercios durante los días más críticos, mientras el "plan B" oficial seguía esperando que volviera la señal.

Esa es la lección incómoda para cualquier institución financiera, o cualquier empresa que dependa de cobrar y pagar todos los días: un plan de continuidad que solo contempla "canal físico" y "canal digital" no son, en realidad, dos planes distintos. Es el mismo plan con dos nombres, porque ambos dependen de la misma electricidad y de la misma torre de telecomunicaciones.

Además, las plataformas de intercambio que suspendieron comisiones lo hicieron por decisión propia, no porque algún banco venezolano se los pidiera como parte de un acuerdo previo. Eso significa que la resiliencia que salvó esos días no era una capacidad instalada de la banca, sino un favor externo, dependiente de la buena voluntad de terceros que ninguna institución podía garantizar de antemano. Un plan de continuidad que depende de que un tercero decida ayudar no es, en sentido estricto, un plan.

Lo que sí funciona

Primero, trate el efectivo como infraestructura crítica, no como un resabio del pasado. Defina reservas de efectivo pre-posicionadas por sucursal o punto de venta, calculadas sobre el volumen de transacciones diarias de esa zona específica, no sobre un promedio nacional que no sirve de nada cuando falla justo esa sucursal.

Segundo, invierta en conectividad verdaderamente redundante para sus puntos de cobro más críticos. Un enlace satelital de respaldo en las sucursales o comercios de zonas de alto riesgo sísmico cuesta una fracción de lo que cuesta un solo día completo de ventas perdidas.

Tercero, reconozca formalmente canales de pago alternativos dentro de su plan de continuidad, en lugar de tolerarlos como una solución improvisada de último momento. Si sus clientes ya recurren a transferencias entre pares o billeteras digitales cuando el sistema principal falla, incorpore esa opción a su protocolo oficial, con reglas y límites claros, antes de necesitarla.

Cuarto, corra simulacros que apaguen de verdad la conectividad, en lugar de limitarse a cerrar la oficina por un día. La mayoría de los ensayos de continuidad bancaria asumen que internet sigue funcionando y que el problema es únicamente humano o logístico. El 24 de junio demostró que la electricidad y la señal pueden caer al mismo tiempo que el edificio.

Quinto, establezca acuerdos de respaldo mutuo entre instituciones, o con aliados fintech, antes de la crisis, no durante ella. Cuando una entidad no puede operar en una zona, otra con presencia en el mismo lugar podría absorber parte de la demanda si existe un protocolo acordado de antemano.

Sexto, comunique con claridad y rapidez qué canales siguen disponibles y cuáles no. La incertidumbre sobre si un cajero funciona o no empuja a la gente a salir a la calle a buscar efectivo, exactamente el comportamiento que un buen plan de continuidad debería evitar en medio de una emergencia.

Séptimo, mida su exposición real antes del próximo evento, no después. Pregunte cuántos de sus puntos de cobro dependen de un único proveedor eléctrico, una única torre de telecomunicaciones o un único enlace de datos. Si la respuesta es "todos", ya sabe exactamente dónde se rompería primero la próxima vez, y tiene tiempo de corregirlo mientras la tierra sigue quieta.

El cierre

El cajero de la esquina de aquella farmacia en los Altos Mirandinos sigue apagado semanas después del terremoto. La farmacia, en cambio, nunca dejó de vender: sus clientes empezaron a pagar por transferencia entre teléfonos, sin que ningún banco se los enseñara. Cuando el plan oficial de contingencia se quedó sin señal, el plan real lo armó la gente con lo que tenía a mano. La pregunta que cualquier institución financiera debería tener resuelta antes del próximo sismo no es si su canal digital va a funcionar. Es qué pasará el día en que ni el cajero ni el celular tengan señal, y cuánto tiempo tardará en dar una respuesta mejor que la que dio la calle sola.