Tres Horas de Olor a Gas Antes de la Tragedia: Lo Que San Juanico Enseñó Sobre Vivir Junto a un Riesgo Químico
Conocí a un gerente de seguridad industrial que llevaba años trabajando junto a una planta de almacenamiento de sustancias peligrosas, y me contó algo que no se me olvidó: cada vez que un vecino llamaba para reportar un olor raro, su protocolo interno tardaba, en el mejor de los casos, cuarenta minutos en mandar a alguien a revisar. "Cuarenta minutos no suenan a mucho", me dijo, "hasta que entiendes cuánto puede pasar en cuarenta minutos si de verdad hay una fuga".
Esa frase me llevó, sin quererlo, a una madrugada de noviembre de hace cuatro décadas.
El 19 de noviembre de 1984, poco antes de las tres de la mañana, varios vecinos de San Juan Ixhuatepec, un poblado del Estado de México pegado a una terminal de almacenamiento y distribución de gas licuado de petróleo operada por Petróleos Mexicanos, reportaron a las autoridades un fuerte olor a gas que invadía la zona. Nadie respondió a tiempo. A las 5:40 de la mañana, una fuga en uno de los tanques provocó la primera explosión. Le siguieron, en poco más de una hora, otras diez, en una cadena de estallidos que los especialistas clasifican como BLEVE: explosiones de vapor por expansión de líquido en ebullición, donde un tanque calienta al de al lado hasta que también revienta.
El giro: el aviso llegó tres horas antes
Aquí está la parte que cuesta digerir de esta historia. San Juanico no fue un evento sin señales previas. Los vecinos alertaron del olor a gas casi tres horas antes de la primera explosión. La planta almacenaba más de 6.500 toneladas de gas licuado y no contaba con sistemas de detección de fugas ni con aislamiento térmico adecuado entre los tanques, así que cuando el primero encontró una chispa, no había nada que frenara el efecto dominó hacia los demás.
El resultado, según cifras oficiales, fue de 503 personas fallecidas y cerca de 2.000 heridas; 149 viviendas quedaron destruidas y otras 1.358 con daños; más de 10.000 personas tuvieron que ser evacuadas. Vecinos y organizaciones locales sostienen desde entonces que la cifra real de muertos fue considerablemente mayor. Lo que nadie discute es que la comunidad llevaba años construida prácticamente pegada a la planta, y que esa cercanía nunca se compensó con más controles, sino con menos.
Lo que casi nadie pone en el mismo documento
Cuando una empresa diseña su plan de respuesta ante materiales peligrosos, casi siempre lo piensa hacia adentro: cómo proteger a sus operarios, cómo aislar el área, a qué bombero llamar. Pocas veces el plan incluye a la comunidad vecina como parte activa del sistema de alerta, y esa es exactamente la pieza que falló en San Juanico. Los vecinos hicieron lo que se supone que deben hacer: avisar en cuanto algo huele mal. El sistema que debía escuchar esa alerta y actuar en minutos, no en horas, simplemente no existía.
Esa desconexión no es exclusiva de una planta de gas en México en 1984. Sigue apareciendo, con otro nombre y otra sustancia, en auditorías industriales actuales: empresas con protocolos internos impecables en el papel, que nunca han ensayado qué pasa cuando la primera señal de alarma no viene de un sensor propio, sino de alguien que vive al otro lado de la cerca y llama para decir que algo huele distinto.
Lo que sí funciona
No se trata de mudar cada planta industrial lejos de cualquier zona habitada; en la mayoría de los casos, eso ya no es posible ni realista. Se trata de tratar la cercanía con la comunidad como parte del sistema de seguridad, no como un problema aparte.
Primero, instale detección automática de fugas en cualquier instalación que maneje sustancias inflamables o tóxicas. Un olor reportado por un vecino nunca debería ser la primera línea de defensa; debería ser, en el peor de los casos, la segunda.
Segundo, defina un tiempo máximo de respuesta ante cualquier reporte externo de olor, humo o ruido anómalo, y hágalo público. Si ese número no existe por escrito, en la práctica es "cuando alguien tenga tiempo".
Tercero, incluya a la comunidad vecina en sus simulacros. La mayoría de las empresas la incluye únicamente en sus comunicados de crisis, cuando el simulacro ya pasó a ser emergencia real. Un vecino que ha participado en un ensayo sabe a quién llamar y qué esperar; un vecino que solo ha visto el letrero de "zona de riesgo" en la entrada, no.
Cuarto, revise el aislamiento térmico y las válvulas de alivio de sus tanques de almacenamiento con la misma disciplina con la que audita sus estados financieros. El efecto dominó de San Juanico existió porque un tanque caliente podía calentar al siguiente sin ninguna barrera entre ambos.
Quinto, si su instalación ha quedado rodeada por crecimiento urbano que no existía cuando se construyó, no trate esa cercanía como un problema del municipio. Es un riesgo que su empresa hereda todos los días, y que su plan de continuidad debe nombrar explícitamente, con nombre de calle y número de familias, no como una línea genérica de "impacto en comunidades aledañas".
Sexto, mida cuánto tarda su empresa en escalar una alerta externa hasta la persona que puede autorizar una evacuación o un cierre de válvulas. Si esa cadena tiene más de tres eslabones, probablemente tiene más de cuarenta minutos de demora, y cuarenta minutos, como me dijo aquel gerente, no suenan a mucho hasta que hay una fuga real corriendo el reloj.
El cierre
De las casi tres horas entre el primer reporte de olor a gas y la primera explosión en San Juanico, ninguna se usó para evacuar, cerrar una válvula o mandar a alguien a revisar con instrumentos. Se usaron, según los testimonios que quedaron de esa noche, en decidir si el aviso merecía una respuesta. Cuando alguien golpee la puerta de su empresa, literal o figuradamente, para decir que algo huele mal, la pregunta que debería tener resuelta de antemano no es si le van a creer. Es cuánto tiempo real tiene antes de que ese olor deje de ser una molestia y se convierta en la primera de once explosiones.